El Capitán: lo que el cine europeo todavía tiene por contarnos

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Prof. Aldo Solé Obaldía

Siempre serán bienvenidas a la constelación de películas sobre la Segunda Guerra Mundial, aquellas que tengan como protagonistas, a los que les tocó sufrirla desde el bando perdedor. De ese lado, sobresale el más atroz e incomprensible de los fenómenos: el nazismo. Bienvenido entonces, todo lo que el cine alemán nos pueda aportar en este aspecto y aquellas otras producciones externas, que, en menor cantidad, pero efectivas al fin, nos muestran al pueblo alemán, más en condición de víctima que de cómplice del nazismo, aunque este asunto, siempre será un tema de eterno debate. 

El cine alemán, nació con el nacimiento y expansión del nazismo. Ya el cine de la entre guerra, con su estética expresionista, parece advertir subliminalmente, sobre el descuido de nuevos monstruos que resultarían incontrolables. Los nazis, ya en el poder, potenciaron al séptimo arte como un singular instrumento propagandístico. El cine de post muro, siempre recurre a la ambientación de los últimos días, de la atmósfera anestésica en la que nadie o pocos perciben la antesala de un colapso: sea antes de la Primera Guerra Mundial, como en La cinta blanca; el fin de la Segunda Guerra Mundial, como en La caída (Der Untergang, en lengua original, El hundimiento) o el fin de la Guerra Fría, como en La vida de los otros o Good bye, Lenin.

En este sentido, recientemente sobresalen dos excelentes largometrajes, ambas ambientadas en el final de la Segunda Guerra Mundial. La última y más publicitada es Jojo Rabbit de 2019, una comedia dramática estadounidense, ​ escrita y dirigida por Taika Waititi y basada en el libro Caging Skies (El cielo enjaulado) de la estadounidense Christine Leunens.

Roman Griffin Davis interpreta maravillosamente al personaje protagonista, Johannes “Jojo” Betzler, un niño alemán de diez años, miembro de las Juventudes Hitlerianas, que descubre que su madre (en la talentosísima Scarlett Johansson) es miembro de la discreta resistencia germana  y para colmo, está escondiendo en su casa, a una joven judía (Thomasin McKenzie). Esto le hará cuestionar sus creencias construídas con la ayuda de su amigo imaginario quien es, nada menos que el mismo Führer, encarnado nada menos que por el director del film, Taika Waititi, en una actuación no menos talentosa.

Hacer de toda esta trama una tragicomedia, es un desafío nada menor y el resultado es magistral: la dosis de humor edulcora, pero no disimula una realidad de horror donde las mentes más lúcidas deben camuflar su razón entre la enajenación de las masas. 

Igualmente original, aunque sin nada de humor, es lo que plantea la película europea El capitán, coproducción alemana, francesa y polaca del 2017, dirigida y guionada por el alemán Robert Schwentke.

Con una estética fotográfica de blanco y negro muy bien lograda, está, desde el comienzo, repleta de momentos que no podrá el espectador olvidar.

Ante el desmoronamiento del III Reich y los reclutamientos de última hora, las deserciones se masifican, como también, se intensifican las expresiones de fanatismo. En este contexto, Herold, un soldado desertor de 19 años, huyendo de las demenciales cacerías de desertores, andrajoso y hambriento, encuentra, al costado de una ruta, un auto oficial y en su interior, el uniforme de un capitán de la Luftwafen que, evidentemente, también ha desertado.

Aprovechando esa circunstancia, se hará pasar por capitán, llegando a poner a un grupo de soldados y oficiales a su cargo, al tiempo que saca a relucir lo peor de su ser, facilitado por una sociedad enferma y acostumbrada a reverenciar la autoridad. Una película que nos recuerda lo más bajo del ser humano. Imperdible para los amantes del cine bélico, pero también, para todos aquellos amantes del buen cine.

Películas como El capitán, nos recuerdan también, que el cine europeo, mucho menos promocionado que el cine estadounidense (por obvias razones), sigue produciendo genialidades a las que hay que estar atento, porque entre otras cosas, tiene su propio planteo, a la hora de narrar los padecimientos propios.

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